Entrevista: NICOLETA VISAN, miembra de la comunidad de desahuciados “Vulturilor 50”, Bucarest.

Durante nuestra parada en Bucarest tuvimos la oportunidad de conocer a algunas personas de la comunidad desahuciada Vulturilor, que están resistiendo en las calles de Bucarest, organizadas en un campamento, esperando que el ayuntamiento les asigne una vivienda digna. Esta comunidad se dio a conocer con el nombre de “Vulturilor 50”, por el nombre de la calle donde solían vivir antes de ser desahuciados.

Asistimos a una de sus reuniones periódicas en las instalaciones de la asociación FCDL (Frente Común por el Derecho a la Vivienda), quien acogió la Caravana Feminista, donde nos hicieron partícipes de su historia de resistencia durante los largos y fríos meses de invierno que han pasado desde su desalojo. La entrevista a continuación es a Nicoleta Visan, la portavoz de la comunidad.

I: ¿Podrías decirnos cómo te llamas y explicarnos unclaca 2 poco cómo empezó toda esta situación y vuestra lucha?

N: Me llamo Visan Nicoleta, tengo 30 años, tengo un hijo de 2 años y estoy embarazada de un segundo. Me he visto implicada sin querer en esta lucha, yo no quería esta situación. Ni siquiera pensé que algún día haría todas estas cosas, que colaboraría con tanta gente por una causa común. De hecho, es más bien como una guerra…

Antes de que nos echaran no le presté demasiada atención [a nuestra situación], ya que mi madre tenía un contrato y se suponía que íbamos a recibir una casa en propiedad. Yo era joven por entonces, tenía 13 o 14 años cuando me enteré por primera vez que nos iban a desalojar. Con el tiempo, nadie vino para echarnos, así que pensamos que nos dejarían tranquilos, pero ahora sé que cualquier rumor o aviso de las instituciones locales se debe tomar en serio. Puede que vengan más tarde de lo que esperas, pero acaban viniendo. Llegué a implicarme en esta lucha de alguna manera empujada o animada por otra gente y porque quería que mis hijos tuvieran un hogar. Es lo que me acabó convenciendo para seguir adelante y esperar que, aunque a veces se me cerraban puertas en la cara, se me abrirían otras. I rezo cada día para que Dios me ayude a saber qué decir, cuándo alzar la voz… y a comprender las palabras y los términos que usan en las diversas instituciones a las que tengo que acudir, porque muchas veces se fijan en tu ropa, en tu cara, saben que eres una mujer gitana y lo hacen a propósito, solo para hacerte sentir que ellos son importantes, educados, y tú no eres nadie. Y realmente creen que su tiempo es demasiado valioso para perderlo hablando contigo… y ahí es donde empiezan a burlarse de ti.

El hecho de encontrarme en la calle con un niño en brazos me ayudó a tener determinación en esta lucha y a protestar. Del grupo también era la que no tenía pelos en la lengua, la más combativa y explosiva y cada vez que escuchaba algún rumor o veía que alguien estaba siendo injusto, aunque no tuviera que ver conmigo, solía denunciarlo delante de todo el mundo. Y la gente de la comunidad vio que lo que yo decía era justo lo que se tenía que decir sobre ellos. Aunque ellos son mucho más mayores que yo en general, no tenía el valor de decir lo que pensaban. Algunos solían venir a decirme: “Aunque seas mucho más joven que nosotros, se te da mejor hablar y no tienes miedo de decir lo que hay que decir”. Cuando me vieron discutiendo o peleando con las diferentes personas que venían a vernos desde el ayuntamiento, la policía u otras instituciones, empezaron a confiar en mí y de alguna forma esperaban que diera el primer paso y les ayudara. Encontraron en mí ayuda y fuerza y decidieron que yo les representara a ellos y sus derechos. Por eso digo que me eligieron para dirigir esta batalla. Al principio yo solo quería un hogar para mí y mis hijos, no imaginaba que tendría que luchar también por esta gente, pero cuando entiendes que puedes ayudar a otras familias, te sientes bien y agradecida, tienes la satisfacción personal de haber logrado algo bueno. Y siempre que conseguíamos buenos resultados o respuestas positivas, estaba contenta de ver un cambio en ellos, un poco de luz en sus caras.

I: ¿Alguna vez has tenido problemas o has recibido amenazas?

20150328 191620_N: Si. Cuando vinieron a desalojarnos (Bucarest, calle Vulturilor, sector 3), había muchos coches de policía, antidisturbios… Nosotros éramos unas 200 personas. Al día siguiente decidimos manifestarnos enfrente de la sede del distrito. Algunas personas de ONGs, Carrousel (asociación de DDHH), FCDL (Frente Común por el Derecho a la Vivienda), Romani CRISS (Centro Romaní por la Intervención y los Estudios Sociales), entre otras, vinieron a apoyarnos. En la sede del distrito cerraron las ventanas y las puertas, se encerraron dentro y ordenaron a la policía que nos echara. Cuando llegamos al lugar donde habíamos dejado nuestras cosas juntas, vinieron con la empresa de limpieza de las calles y más policías y empezamos a pegarnos. Pegaron a hombres, mujeres y niños indiscriminadamente.

I: ¿Tomasteis medidas legales después de ese episodio de violencia?

N: No pusimos ninguna queja, pero nos hicimos los informes forenses, tenemos varias demandas a punto a presentar en el tribunal para iniciar un juicio contra ellos y también queremos ganar otro juicio contra ellos por haberse llevado nuestra ropa y nuestras cosas sin nuestro permiso. No pueden hacer eso y no tenían ninguna autorización que les permitiera llevarse todo de nuestras casas.

I: ¿Y qué hicieron con vuestras cosas?

N: Dijeron que las habían llevado a un centro de acogida y que teníamos 15 días para recogerlas, pero para ello teníamos que justificar que no nos las llevaríamos de vuelta a la calle, sino a otro sitio. Si no, no nos iban a dejar recogerlas. Así que nadie fue a recoger sus cosas. Solo teníamos lo que llevábamos puesto. Empezamos a movilizarnos esa misma tarde, a buscar cartones, juntarlos, les dimos nuestras chaquetas y la ropa más calentita a los niños y así dormimos las primeras noches después de la protesta. Eso fue en septiembre 2014. Algunas organizaciones nos ayudaron con comida y mantas para los niños.

I: ¿Seguís viviendo en el mismo lugar que ocupasteis ese día?

N: Si, acampamos en la acera [en el centro de la ciudad], empezamos a recibir ropa y comida de diferentes organizaciones y ONGs, de nuestros antiguos vecinos, quienes venían cada mañana a traer té y sándwiches para los niños y café para los adultos. Pero no podemos esperar que la gente lo haga cada día. La gente hizo lo que pudo para ayudarnos la primera semana, pero ya llevamos viviendo allí 6 meses.

I: ¿Y cómo reaccionaba la gente en la calle al verles?

N: No sufrimos comportamientos violentos de los transeúntes. La gente solía pararse y preguntarnos qué hacíamos allí, cómo habíamos llegado a esa situación y cuánto tiempo llevábamos allí. Y en general nos ayudaban con pan, leche, un sándwich… incluso nos trajeron ropa para niños y adultos. Algunos artistas callejeros también se movilizaron y empezaron a traernos comida por las noches porque no teníamos nada. Más tarde nos dieron colchones, mantas, almohadas, y empezamos a estar más calentitos.

I: ¿Notasteis alguna diferencia desde el momento en que empezasteis a movilizaros y a implicar a otra gente, como el FCDL? Por ejemplo, ¿mejoraron en algo las cosas con las autoridades o el tribunal por el hecho de que vuestro caso había salido en la prensa y había recibido atención por parte de los activistas?

N: Estábamos firmes en la postura de no aceptar dinero de alquiler y no ser alojados en centros de acogida, hombres separados de mujeres y niños. Teníamos claro el principio de permanecer juntos, como familias, aunque significara morir en la calle. ¡Queríamos nuestras casas! Teníamos nuestras casas y nos la arrebataron, ahora nos tienen que dar otra, y eso no se negocia. La verdad es que las autoridad no esperaban que nos organizáramos tan bien y recibiéramos tanta ayuda de las organizaciones, quienes nos ayudaron mucho a nivel de información, muchas veces nos acompañaban a diferentes lugares, a audiencias, venían a nuestras manifestaciones, nos apoyaron durante muchos procedimientos. Todo esto nos fue de gran ayuda, pero también la presión ejercida por alguna gente desde atrás, por así decirlo. Las autoridades reconocieron que los procedimientos habrían sido mucho más lentos sin toda esa presión. Otros casos similares, pero a pequeña escala, llevaban años en una caja esperando a ser atendidos, así que cuando supimos esto, nos sentimos más animados y eso nos mantuvo incluso más unidos y nos ayudó a resistir. En invierno pasamos mucho frío, pero aguantamos juntos, le rezamos a Dios por una casa.

I: ¿Cuánta gente vive actualmente en vuestra comunidad y cuántos de ellos son gitanos?

N: Somos unas 13 familias, así que unas 60 personas, contando los niños. La mayoría somos gitanos, pero algunos no lo son, como por ejemplo mi marido. Unas 3 o 4 personas no son de etnia gitana.

I: Si al final todos recibierais una casa, ¿pensáis mantener activa esta red que habéis creado y ayudar a otras personas que estén en vuestra situación?

N: Lo hemos hablado y si lo conseguimos, nos gustaría crear un grupo para ayudar a otra gente en esta situación. Seríamos como un grupo de resistencia para la gente de otros distritos o ciudades, incluso otros países. Y tal vez nuestro ejemplo inspire y le sirva a otra gente para resolver sus problemas más rápido que nosotros. Aún estamos en la calle y no sabemos qué vamos a recibir, si es que lo vamos a recibir. Pero sabemos que, por lo menos, nuestro caso no está olvidado en el fondo de una caja, ignorados por todo el mundo, sabemos que están trabajando en ello.

I: Sí, estáis sentando un precedente. Esperamos que esto se resuelva pronto y que todos obtengáis una casa para vuestras familias. Sabiendo que hay muchos edificios vacíos en Rumanía y en otros países europeos, es inaceptable obligar a la gente a vivir en las calles.

N: Si, de hecho alguien sugirió que denunciáramos la constitución, porque llevar una vida digna es un derecho universal de cualquier ciudadano. Y tener que vivir en la calle, con frío, con lluvia, eso no es una vida digna, el estado no está cumpliendo su obligación hacia los ciudadanos.

La caravana feminista pasó por Bucarest en abril de 2015. La situación de esta comunidad desahuciada no ha cambiado. El 14 de septiembre de 2015 se cumplió un año desde que establecieron su campamento por primera vez en las calles de Bucarest, a apenas 2 km de la Casa del Pueblo (¡irónico nombre para ilustrar este caso!) – la sede del parlamento. Nicoleta ya ha dado a luz a su segundo hijo. Sigue habiendo 6 familias (unas 30 personas) viviendo en el campamento, aún a la espera de una solución por parte del ayuntamiento. En una entrevista a finales de 2015, Nicoleta afirmaba: “Nuestro campamento de protesta está justo en sus narices, a apenas 2 km del parlamento. Si ni siquiera aquí, en el centro de la capital, conseguimos tener alguna influencia sobre ellos, ¿cómo podemos esperar que les importe la gente que está lejos?”

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